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domingo, 9 de enero de 2011

IRLANDA - Tumbas Celtas


CÓMO MIRARSE EN EL ESPEJO Y NO CONFUNDIRSE CON LO QUE VEN LOS DEMÁS

Viendo la cantidad de almendros que me encuentro en cada esquina, concluyo que visitar esta ciudad en primavera debe ser una maravilla.

El día en el que más fró he sentido durante toda esta semana ha sido el de hoy. Algo he aprendido del clima irlandés; si llueve no hace frío, debe ser que la capa de nubes que no acaba de irse mientras te bañas con las diminutas, aunque persistentes gotas, te protege de las bajas temperaturas porque los dos únicos días en los que hemos visto el sol, el frío se burlaba de nosotros y de nuestra inocente creencia de estar a salvo bajo los gorros, bufandas y chaquetones. Incluso, y pese a que todos con quienes hemos hablado nos han asegurado que aquí no nieva nunca, hemos visto caer suaves y tenues copos durante unos minutos.

La más baja de las temperaturas de hoy nos ha sorprendido en los jardines de la Catedral de Saint Andrews, yo buscaba sin aliento el pozo de Saint Andrews pero no ha habido manera, con lo que sí me he topado en el interior de la catedral ha sido, entre otras, con la tumba del creador de Gulliver, Swift, y varias lápidas celtas.

Hay dos manías que me acompañan desde niña, oler el interior de cualquier libro, revista o libreta que llegue a mis manos, y tocar aquello que me resulta atractivo o sugerente, el pelo de una pelirroja que espera a que el semáforo se ponga en verde delante de mí, la fruta en el mercado, la arena caliente, las orejitas de un gato, las patas de un cangrejo en la pescadería, el algodón de azúcar de la feria, el aire desde la ventanilla del coche y las piedras. Rara es la catedral, torre, totem o runa que se ha librado del tacto de mis ansiosos dedos.

Por eso, esta tarde, me he detenido un buen rato frente a las lápidas celtas de Saint Andrews, en particular, frente a una de ellas. He acariciado con mi mano derecha esta piedra rugosa y desgastada por el frío, el viento y el agua, pero que aún conservaba la cruz celta en su parte superior. En ese momento, cierro los ojos y miro con el corazón. Entonces puedo sentir el repiqueteo de la lluvia sobre ella, el perfume de la hierba fresca a su alrededor y, quién sabe por qué, el sonido de un galopar que se aleja hacia el norte.

He recorrido el círculo que rodeaba la cruz en el sentido inverso a las agujas del reloj, de manera inconsciente, quizás en un intento de invertir el tiempo. Así, como si de un pincel se tratase, la punta de mis dedos, ha dibujado un instante en el que, una vez, hubo un alma que dejo atrás su armadura, el cuerpo en el que había habitado, para que descansara bajo esta piedra.

En silecio, sentada junto a la losa, he dejado que mi respiración recuperase su ritmo, mis pies el tiempo y mis ojos, la penumbra que nunca hubiese imaginado en una catedral gótica en buena parte.

Más tarde, durante unos minutos me he encontrado en los servicios del Temple Bar, rodeada de bellezas irlandesas, la única barra de labios color cereza era la mía. Si ya cuando estudiaba en Granada me maravillaba que hubiera chicas que para salir los sábados por la noche se vistiesen con faldas, imaginad como me quedo ahora, varios años después y a bastante menos grados... sigo embutada de ropa y ayer perdí uno de los pendientes. Qué importa.

Esta noche hemos cenado en un indio. Después de invitarles a seguir este blog durante toda la semana, mis compañeros de viaje. Alessandro "Pidoquio" y Federico "Guigo" Di Carlo se han molestado porque no los he nombrado aquí... No sabía qué responder... así que el único remedio es citarlos ahora (me pregunto si ellos en sus blogs que también los tienen, me han citado a mí. Es broma). Los chapoteos en el fango, las bajas temperaturas, los pésimos cafés, las estupendas cervezas, el frío indescriptible, la música en directo del Temple Bar, el hielo, los kilómetros de marcha... los hemos sufrido, gozado y vivido los tres.

Mañana vuelvo (volvemos) a España... esta etapa de mi Bitácora dará paso a otra.

(Dublín, 08/01/2011)

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