domingo, 15 de julio de 2012



PENSAMIENTOS

 Las mudanzas y el carnaval - o de cómo los sentimientos abandonan antes su lado de la cama



Creía que solo la muerte podía asolar ciertas presencias y dejar huecos allí donde se perdían mis ojos. Manchas o espacios descoloridos en el tapiz que caminamos en círculos, constantemente.  Ese claustro que recorremos sin descanso necesita columnas que sujeten sus arcos. Los setos, las flores, la fuente, su murmullo, los relieves pastoriles o los traviesos bafumets distinguen un claustro del otro, pero las columnas son precisas para soportar la sombra por la que discurre nuestra vida. Cuando la muerte se fija en una de esas piernas, la toma y hace suya envolviéndola en musgo o en hiedra, envuelta en una vaina verde, la piedra queda sepultada pero sin dejar de sujetar arcos, espacios y sombras.

Creía que solo la muerte asola columnas. Lo creía y me tomó desprevenida el final del carnaval. Ese momento de la fiesta en el que los pies comienzan a pisar mascaras caídas y la música pasa a ser crujir de ojos, mejillas y falsos labios.

Nunca me gustó el carnaval. Nunca. De niña me obligaban a disfrazarme de lo que tocara. De lo que las musas soplaran al oído a mi madre, sentada en el suelo de su habitación mirando al armario abierto de par en par, como si tras  la ropa colgada en los percheros hubiese alguna otra puerta por la que estuviera deseando entrar. Alguien debía insistirle en cruzarla, lo sé porque mi madre, aún hoy, siempre hace lo contrario a lo que se le dice. Entonces se levantaba, “Eureka”, de un portazo cerraba el armario y aquella puerta al fondo que solo ella veía, y se lanzaba al baúl donde se apolillaban sombreros y camisones de sus tías. Nunca me gustó vestir aquellas gasas y oler a alcanfor, siempre he pensado que era el olor de los muertos.

No, no me gustaba el carnaval, ni tener que aguantar en viacrucis etílico a la murga paterna y sus canciones de cofradía en cofradía. Empecé a aceptar aquella mascarada en la adolescencia, siempre  y cuando pudiese transformarme en alguna criatura nauseabunda, más muerta que viva y con capacidad de asustar con la mirada enmarcada en unas garras seguras y afiladas. No, no voy a detenerme ahora en mi gusto por ese tipo de criaturas aunque es evidente que, ya que se trata de trasgredir, debía estar cansada de que intentaran alisarme las greñas y de que mi sonrisa, por perenne, careciera de valor. La necesidad de embrutecerme la nariz y de cicatrizarme la cara para verme, mientras alrededor mío proliferaban los zorros y las princesas árabes con el ombligo al aire y las sonrisas cubiertas, no me permitió ni adivinar que las máscaras se caen siempre en algún momento ni entender que sin ellas no se asiste al baile.


Aquellos años de autocomplacencia y mi identificación con los seres abisales terminaron en cuanto pasé a sujetar el otro lado de la barra, y a aguantar las madrugadas de clientes reacios a abandonar la fiesta sin colocarse las gafas de sol antes de salir a la calle. Y dejé de ver antifaces y caretas. Normalicé los rostros que asomaban a las columnas de mi patio y apoyé en ellos la sombra de mis días.


Todos tenemos un lado de la cama
Como no nos gusta desprendernos de lo que hemos sido, con los disfraces cosemos camisones y pijamas. Cada noche los extendemos cada uno en su lado de la cama. Porque todos tenemos un lado de la cama. Todos tenemos un lado en cualquier cama. En la nuestra, en las impúdicas camas de los hoteles, en las camas mudas y anónimas a las que no volvemos, en las impolutas camas de los hospitales o en la cama, impávida y generosa, del amante. En cualquier lecho al  que cedamos, salvo  en el último, todos tenemos un lado.

Y por las noches, un disfraz del que te desnudas, se tiende al lado del otro. Los cuerpos se tocan aunque sea sutilmente, buscando esa minúscula geografía que el disfraz no cubre, la incuestionable importancia de la presencia. Pero esas telas extendidas, descuidados los cuerpos, los protegen de las emociones, de los sentimientos. Así, en la cama, los seres descansan, los cuerpos se buscan, los disfracen separan y los sentimientos, los últimos en dormirse, son los primeros en abandonar su lado de la cama.

Primero se deslizan por los límites del sueño y se marchan a otros lados, a otras camas; después con la plena conciencia de que en esa cama dejan el disfraz y un cuerpo junto al suyo, ese cuerpo que, desde la oscuridad palpaba animoso cada pliegue descubierto y desnudo.

Los sentimientos son los primeros que dejan su lado de la cama, ser  los últimos en dormirse y su vigilia les ha permitido adivinar la humedad de las aguas que toman la nave a la deriva y escapan de ella, antes de que las sábanas se sepan velas y el timón sea  incapaz de gobernarlas.

Una mañana, cuerpo, disfraz y emociones de un lado de la cama se despiertan y el sentimiento de ausencia es tan grande que se giran bruscamente hacia el otro lado, un lado ocupado, sí, pero que no alivia el vacío. Entonces, hace frío y es carnaval.


Los sentimientos mudan como lo hacen la piel de las serpientes
Es de día y es carnaval. La música y las risas suenan lejanas. Sujeto el disfraz con miedo a que pueda desaparecer en algún momento. La luz del sol me permite ver el tapiz descolorido y una imagen del pórtico se me viene a la cabeza. Los pilares, la piedra esculpida y el silencio, pero no el que, a su paso, deja la muerte. El silencio en el que permanecen las estancias  tras una mudanza.

Los sentimientos mudan. Se trasladan. Dejan de estar, por eso pesa el vacío que antes ocupaban.  Los afectos mudan con los sentimientos y con ellos se llevan las patas de piedra y las sombras y el soportal cede. No, cuando la muerte asola una presencia la piedra es hiedra, pero cuando la mudanza sopla los pilares son arena y el arco cede.

No me gusta el carnaval, no me gusta estirar el disfraz en mi lado de la cama. No me gusta alzarme confiada, empezar a caminar descalza, cortarme los pies y entender que la  música ya no es sino crujir de ojos, mejillas y falsos labios.

sábado, 14 de julio de 2012

ADIÓS - Julio (2012)


DEL NATURALISMO DOCUMENTAL A LAS “ARTIMAÑAS” DEL 3D, VERANO DE CINE

Dos títulos de reciente estreno, Sueño y silencio (Jaime Rosales, 2012) y  Girimunho, imaginando la vida (Helvecio Marín Jr. y Clarissa Campolina, 2011) y un tercero que llegará a las carteleras en el mes de agosto, Harakiri, death of a samurai (Takashi Miike, 2011) proponen una reflexión sobre la actitud vital y espiritual ante la muerte, la posibilidad de hacer convivir la tradición con la contemporaneidad y sobre la muerte como precio o penitencia para salvaguardar el honor.

Vivir sin memoria para evitar el dolor
El director de cine catalán, Jaime Rosales, presentaba en la Quincena de Realizadores de Cannes, su última película, Sueño y silencio (2012). Una controvertida cinta en la que la obligada improvisación de los actores amateurs y la ausencia de diálogos en el guion con el que trabajaban contrastan con la fuerza de las decisiones que han de adoptar los protagonistas, y las pesadas argumentaciones en las que se sustenta el filme. Precisamente tales contrastes han sido los algunos de los motivos que han llevado a la crítica a manifestarse dividida a la hora de valorar este último trabajo del catalán.

La película se nos presenta como un bocado de realidad ficcionada de modo naturalista, cerca de dos horas de metraje, rodado plano a plano en una única toma, en blanco y negro y con grano duro, según explica el propio Rosales, para dar una imagen de “consistencia, una sensación física matérica” a las imágenes. Esta escultura en blanco y negro está envuelta en dos secuencias, las únicas en color y, verdaderamente, realistas. Dos secuencia en las que asistimos, asomados a un plano cenital, a sendos momentos creativos del pintor Miguel Barceló, comprometido con el proyecto de Rosales desde el principio. Las creaciones de sus dos obras, El sacrificio de Isaac y El Gólgota, respectivamente. Pasajes bíblicos que, junto a la dicotomía Temor y temblor planteada por Kierkegaard, firmando con el pseudónimo de Johannes de Solentio, conforman la base documental en la que Rosales se apoya para narrar su historia.

Llevando el uso del naturalismo cinematográfico al extremo, Jaime Rosales, trabaja con una profesora, Yolanda Garlocha y un arquitecto, Oriól Roselló, que darán vida a eso, a una profesora y a un arquitecto que residen en Francia junto a sus dos hijas. Durante unas vacaciones de verano en España, sufren un accidente automovilístico en el que la mayor de las hijas fallecerá y del que el padre, Oriól, sobrevivirá a costa o gracias a una amnesia, inconscientemente voluntaria, que le impide recordar a la hija fallecida. La hija muerta nunca habrá existido para él, así evitará sufrir el dolor de su muerte.

Los actores, amateurs, no contaron con diálogos a la hora de interpretar. Fueron puestos en la situación emocional apropiada y se prestaron a que el director se lanzara a rodar la historia con una sola toma para cada plano.

Rosales coloca a cada uno de los protagonista defendiendo un frente; Oriol y el sacrificio del Gólgota, el sacrificio del hijo, el “Caballero de la fe” de Kierkegaard que permite al filósofo cuestionar si dios puede alterar el orden establecido, la muerte del padre antes que el hijo. De otro, Yolanda, el sacrificio de Isaac, “El caballero de la resignación” que acepta la orden de sacrificar al hijo con el convencimiento de que Dios se lo devolverá. Como indica el director, “solo a través de la muerte la trascendencia es posible”.

Sin banda sonora, con sonido directo y sin iluminación, Rosales presenta desnuda la película Rosales ante el público, obligándolo a atrabajar, a esculpir con él la historia, a base de Fueras de Campo y Elipsis. Para unos, apuesta arriesgada, para otros, trabajo manierista del director de Las horas del día (2003), que le valió el FIPRESCI de la Crítica en el Festival Internacional de Cannes y La soledad (2007) por la que obtuvo un Goya a la Mejor Dirección y Tiro en la cabeza (2008).

Al Hades tras el honor
El Bushidó o “El camino del guerrero” es el código ético, basado en la lealtad y el honor,  por el que se regían los antiguos guerreros samuráis. Llegando a recurrir al suicidio ritual, Harakiri, por esta causa, para no caer en manos del enemigo o por orden del amo feudal al que sirvieran.  Después de llegar a ser una pena de muerte que el emperador podía imponer libremente, el harakiri llegó a ser practicado no solo por guerreros samuráis. En 1868 fue prohibido pero no por ellos el Harakiri ha dejado de practicarse.

En 1962, Masaki Kubayashi dirigió la película Hara – Kiri Seppuku. La cinta, considerada hoy una obra maestra, obtuvo el Premio Del Jurado en el Festival Internacional de Cannes en 1963. Cincuenta años después, el polémico cineasta japonés Takashi Miiki, estrenaba en la Quincena de los realizadores del mismo Festival Internacional, su remake, Hara Kiri, The death of a Samurai (2011), que no consiguió convencer a la crítica ni a sus seguidores. Los críticos lamentaron que la única cinta en 3D a concurso en la pasada edición no aportara nada nuevo a la versión de Kubayashi, sus seguidores, el que las maneras exageradas y crudas del más extremo gore que el director nipón suele practicar no estuvieran presentes en un título que, a priori, pudiera haberle permitido continuar con  su firma violenta y cruda.

Hara Kiri, The death of a Samurai nos presenta el conflicto personal de los samuráis a la hora de acatar su código, humaniza y desmitifica la figura de estos guerreros y compara la fe en el código y en sus consecuencias que muestran unos samuras con la picaresca y el latrocinio al que una crisis personal o económica puede lleva a otros. Un cuidado flashback, narrado con una secuencia temporal estudiada y correcta, mantiene la tensión del espectador y engrosa la trama, a la vez que refuerza la idea de atemporalidad de ciertos ritos o tradiciones de una cultura tan compleja y  rica como es la japonesa.

El prolífico Miike, que cuenta en su haber con más de un centenar de producciones entre teatro, televisión y cine no empezó a ser reconocido en occidente hasta 1999 año en el que estrenó Audition (Odishon) y Dead on Alive, películas de Yakuzas, el crimen organizado japonés, aunque su verdadero éxito llegaría con Thirteen Assasins (2012) por la que obtuvo el Premio del Público y de Mejor Diseño de Produccion en Sitges.

Rehacer la vida
La tercera sugerencia para este verano, Girimunho (molinillo), imaginando la vida (2011) del tándem formado por Helvecio Marins Jr. Y Clarissa Campolina. La historia de Bastu, una viuda octogenaria que vive en una pequeña aldea brasileña y que, a raíz de la muerte del marido, busca su reafirmación como mujer, da rienda suelta a una rebeldía, durante años silenciada, y emprende un viaje a través de la memoria y de distintos paisajes geográficos, relevantes en su vida, para prepararse a ser quien desea ser y esperar a sí su muerte. Un viaje iniciático emprendido a una edad en la que quienes nos rodean ya no esperan nada de nosotros. Los directores diseñan una puesta de escena de luces y sombras donde bailan de la mano la realidad y la ficción, la vida y la muerte, la tradición más ancestral y la modernidad, en una ficción con tintes de documental en interpretada por actores amateurs.

Marins Jr. Y Campolina trabajan juntos desde 2002, año en el que fundaron la productora TEIA. Después de una década dedicados al género documental desembarcan en la ficción con una película emotiva  y mágica que gana el favor de la crítica y del público allí por donde va. Ya ha recibido tanto en el festival internacional de La Habana como en el Los tres continentes de Nantes y Mar de Plata el Premio Especial del Jurado, además de una Distinción especial en el Festival de Venecia.

domingo, 24 de junio de 2012

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PENSAMIENTOS -

Dignitas qualitas antiquas est

o de cómo las cualidades pasan de moda


En algún momento, entre los siete y los catorce años de edad, se instaló en mi conciencia el sentido de la dignidad. Si bien mi generación ha sido la primera en sumar la televisión en Blanco y Negro a los instrumentos hacedores de su educación visual - sentimental, la escasa variedad de programación infantil, en el único canal de televisión accesible en mi infancia, permitía contar con mucho tiempo para leer, escuchar e imaginar juegos y gestas que emprender con los amigosen la calle, acera contra acera o en el mejor de los casos, barrio contra barrio.

Aquellas lecturas me ayudaron a crear un universo imaginario en el que mi pausada pero irremediable salida de la niñez me obligaba a esconderme. Las fantasías de Enid Blyton con Los cinco, Torres de Malory y Los 7 secretos, fueron las mías. También las de Andrew E. Svenson con Los Hollister, y las de Robert Arthur con Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Eran esos lo libros a los que tenía acceso, entonces no escogíamos, al menos en mi casa. Así, cumpleaños tras cumpleaños, onomásticas y Reyes Magos. Dos libros por ocasión, dado que éramos dos niñas, solíamos contar con unos doce libros por año,  pocos pero daban para mucho. Además de servirnos para llegar a conocer el placer de la relectura, nos servían de inspiración para reescribir versiones  y secuelas, con más fantasía que vergüenza, y como base argumental de las frecuentes y solitarias sesiones del pequeño teatro en el que convertimos una habitación en el terrado, toda nuestra. Nuestra, de nuestros juguetes y de los cinco o seis gatos callejeros con quienes nos encantaba compartirla, ese era nuestro público.

Entre libro y libro solo tenía acceso a los tebeos, cada domingo, visita al quiosco con una de mis abuelas. El Tío Vivo o el Olé, bien valían acompañarla a misa de ocho. Doce años y coletas no me daban derecho al Jabato y a Capitán Trueno, al menos así lo entendían “mis mayores” pero pronto me enfrasqué en el mundo del intercambio, y no solo con los cromos del Album Maga, el Botones Sacarino y Súper López siempre eran una buena baza. Mortadelo y Filemón y 13 Rue del Percebe eran las joyas intocables, nunca salieron de casa de mis padres, hasta hace un par de años, han sido el “Objeto mágico” en el ritual de iniciación de mi hijo en el mundo del cómic.

Después llegarían Pearl S. Buck, Louisa May Alcott, Eleanor Porter y Lucy Maud Montgomery y con ellas mis primeros romances imaginarios y mis deseos de ser una fantástica escritora. Me quedé en periodista pero también en esa elección de oficio ellas tuvieron algo que ver. Sin embargo, las lecturas que más recuerdo hoy son las de los libros de Alexandre Dumas y Jules Verne. Del primero, Los tres mosqueteros y La reina Margot me condujeron a El conde de Montecristo. De Verne, La vuelta al mundo en 80 días y Los hijos del Capitán Grant a Miguel Strogoff. Ellos, Edmond Dantes y Miguel Strogoff fueron los primeros personajes que me ayudaron a intuir el sentido del honor, una intuición que tomó fuerza años después con el Jean Valjean de Hugo, una fuerza suficiente que me llevó a cumplir los 18 años con un sentido de lo justo y de lo injusto que, a lo largo de mi vida, me ha valido tantos momentos de satisfacción como de conflicto.

Sí, fue a través de los libros que caían en mis manos en aquel momento de mi vida los que me llevaron a intuir el honor y la dignidad aún antes de saber quién era yo. Pero faltaba un tercer ingrediente en esa pócima efervescente que eran mis pensamientos, la palabra.

En el principio era la palabra, así comienza el prólogo del evangelio canónico de San Juan y porque los pilares de mi familia reconocían la prioridad del verbo, yo aprendí a escuchar. “Porque antes las historias no se leían se escuchaban” y “porque si no escuchas, cómo vas a aprender… tú escucha y no tendrás ni una falta”. Panes y libros, ambos olores se mezclan en mi recuerdo. Fuera, languidece la tarde, dentro una mecedora, ojos arrugados que cerrados asienten mientras un susurro lento se detiene el tiempo justo para ensalivar un pequeño dedo y pasar página. Fuera llueve, dentro, ese mismo dedo, enguantado en yema de huevo, acaricia el borde de lo que será un rosquito de azúcar, mientras su voz baila con el agudo repiqueteo del aceite caliente y su bata se impregna con olor a canela.

Escuchar, lo que se dice  y lo que no. Leer el tono de la voz que dibuja los pensamientos, entender los silencios, llegar a distinguir los precisos de los inciertos. No adelantarse a esos sonidos que narran algo que ya conoces, porque “cada voz es distinta, como cada día lo es”. Entiendo como una fortuna haber podido asistir a tan sacra escuela.  En mi trabajo como periodista, sin duda el género que más me ha gustado practicar es el de la entrevista y este gusto no es casual. Sin embargo, ese aprendido y asimilado respeto a la palabra incluye consecuencias negativas que, en más de una ocasión, me he visto obligada a sufrir.

Todos los que educamos nos apoyamos en aseveraciones que esperamos sean asumidas por quien nos escucha desde el más desinteresado convencimiento de que es por su bien. Una de las mías es “el valor de un hombre es el valor de su palabra”, (cuando educo evito arrobas y barras tipo o/a, hay que enseñar también el uso de los genéricos y trasladar la idea de que el machismo del lenguaje radica más en el uso que se hace de él que en sí mismo, pero eso, ya sé, es otra historia). Y pronuncio tales palabras con seguridad, y mi certeza es tal que lo aplico a mi vida. Soy consciente de que crecer con esa idea asimilada le va a hacer tanto bien como mal, valorará su palabra y sufrirá por quienes no valoren la suya pero mi código del honor me obliga a traspasar este legado.

Esta extensa reflexión tiene lugar porque hace unos días he asistido a una charla en la que se ponía en tela de juicio, con la mejor de las intenciones, la modernidad o no de estos valores, las llamadas cualidades del honor y la dignidad, que para mí, se han de velar con un arma, el valor de la palabra. Si escucho a mi alrededor el mundo, lo que de él se me traslada a través de los medios que ayudo a abastecer y mantener, podría pensar que, en realidad, modernos no son. Como tampoco lo son el Capitán Trueno, ni Jean Valjean, pero si los valores y las cualidades son rechazados por demodés, ¿a qué se aferra el alma para no caerse y desaparecer por el agujero negro por el que desaparecen los sueños?.

Me declaro aquí convencida de que el valor de la palabra, porque si en principio fue el verbo y el verbo estaba en dios, ese dios inventado por el hombre a su imagen y semejanza, el verbo está en el hombre y el verbo es el hombre. Y seguirá habiendo quien realice un mal uso de ella, cierto, habrá quien la de en vano, quien mienta, quien calumnie, quien hiera o hasta mate por ella. Pero habrá quien no. Y las palabras y el valor de aquellos seguirán relevando a esos pilares que, de vida en vida, han impedido que el alma se pierda.



miércoles, 30 de mayo de 2012

 

CONVERSACIONES - ¿Va todo bien?

 de cómo los lobos merodean 

Sé que parece una trampa el escribir aquí parte de alguna conversación, mantenida, inventada o escuchada sin aclarar su procedencia, pero no lo es. Sé que parece una burla colocarla aquí, sin final, sin ubicación posible, sin voces, pero no lo es. Las conversaciones pueden soñarse, descubrirse, repetirse, hasta encontrar el lugar, las voces y el tiempo en el que debieron ser mantenidas, inventadas o escuchadas. Esta conversación ya ha sido, ha servido para que quienes le han dado aliento, aún la mantengan y se mantengan, marcando el ritmo de sus respiraciones, hombro con hombro. Llegará el momento en el que se detengan, en el que dejen de correr, en el que en lugar de adivinar sus perfiles, les sea permitido a sus ojos volcarse en el paladar del otro, pero, sin duda, esos gestos, esa danza, requerirán otras palabras, aún no dichas, ni bailadas, ni sorbidas.


"- Va todo bien?
- Sí... Casi dormía… Y tú?

- Ya sé por qué nos topamos. He estado en contacto con mi ser. Tú y yo hemos luchado hombro con hombro en otra vida. Tú me has visto cortar cabezas y me has visto herida literalmente, yo te he visto y escuchado gritar mientras luchabas. No estoy loca, lo he visto.

  - Te creo.

  - No sé si éramos amigos, hermanos… no sé, pero ese instinto o necesidad de tocar y estar pegados era reconocimiento. Sí nos hemos topado es porque no sé de qué manera ni cuándo vamos a tener que estar juntos frente a algo, no sé quién ayudará a quién pero va a ser así. Nos encontramos en este momento y con esta apariencia, ¿quiénes éramos antes? No lo sé, pero ahora, la única manera que hemos tenido para dar rienda a nuestras ganas de olernos no ha sido la adecuada, actuamos como si quienes somos ahora se hubieran gustado… no era así, estos cuerpos solo eran la forma de que nuestras almas se dijeran estoy aquí... Insisto, no estoy loca, sé que daremos con la manera en la que tenemos que caminar juntos, porque caminaremos juntos, por eso nos hemos acercado. Un trecho de este camino, duro y difícil para uno de los dos, lo caminaremos juntos. En mi visión es de noche y corremos, vas a mi lado, a mi izquierda, estás sucio, yo también debo estarlo pero no logro ver qué aspecto tengo, corremos y yo llevo una lanza o algo parecido, no huimos, vamos corriendo con determinación y responsabilidad hacia alguna parte. Ya te diré si soy capaz de ver más, te dije que soy algo bruja.

- Me gusta lo que ves, y me asusta.

- ¿Por qué te asusta? A mí no, me encantaría que esas dos personas que hemos sido me dijeran qué vivieron juntas, pero no va a ser posible. Creo que somos la consecuencia de algo que desconocemos, que ha trascendido el paso del tiempo y que es lo suficientemente fuerte como para hallarnos. Ya hemos coincidido, lo difícil ha ocurrido, habrá que estar preparados para cuando llegue el momento. Mi visión es hermosa, tú corres fuerte, concentrado, sin miedo, no miras atrás, estás muy seguro de hacia dónde vamos y de que yo corro a tu derecha, lo sé porque a mí me pasa igual. Es de noche, no hay luna pero sí muchas estrellas, un mapa de estrellas que es nuestra brújula. Debemos ser los portadores o los guardianes de algo, algo para lo que se necesitan dos llegado el momento. Creo que ahora yo tengo que estar aquí para que tú no te desvíes e igual harás tú por mí, todo lo que hacemos tiene un fin y nuestras presencias permitirán que lo que hagamos sea lo correcto y que estemos preparados para esa misión. Y creo que el momento de averiguarlo se acerca."

Benditas sean las palabras para quienes sean capaces de decirlas.



viernes, 4 de mayo de 2012

ADIÓS - Mayo (2012)


VIVIR MÁS ALLÁ DE LA VIDA Y DEL TIEMPO, PRIMAVERA DE CINE

La necesidad de prolongar la vida más allá de la muerte, morir dos veces y la necesidad de prolongar una no vida para ir más allá de lo que se puedo ir en vida son los argumentos de tres de los estrenos que esta primavera han llegado a la cartelera, Alps (Yorgos Lanthimos, 2011), The deep  blue sea (Terence Davies, 2011) y Sombras tenebrosas (Tim Burton, 2012).
El joven cineasta griego Yorgos Lanthimos (1973) consiguió en el Festival de Venecia el premio al Mejor guion con su tercera película, Alps, una historia tan cercana como irreal, que se desarrolla en una sociedad alternativa, opuesta a cualquier idea utópica que pudiéramos tener de ella, lo que se da en llamar distopía. Un grupo de personas se dedica a hacerse sustituir, durante a algunas semanas, a personas recién fallecidas, de manera que su “presencia” ayude a familiares, conocidos y amigos a ir asumiendo, de manera gradual, la pérdida de su ser querido.
Se trata de una enfermera que trabaja en un hospital y se encarga de atender las necesidades de personas que acaban de sufrir una pérdida, un conductor de ambulancias, un entrenador  y una gimnasta. La enfermera es la que se encarga de contactar con los “clientes” que requieren los servicios de este curioso grupo. Se autodenominan Alps y, para no ser reconocidos, cada uno de ellos se relaciona con las personas para las que trabaja empleando un mote, el nombre de una cordillera de los Alpes.
Como en sus dos trabajos anteriores, sobretodo en la película Canino (2009), Lanthimos  acompaña a sus personajes masculinos de un egocentrismo que provoca la necesidad de escapar o de rebelarse, según el caso, de las mujeres que lo rodean. Los protagonistas de Alps  escapan cada uno cómo pueden de su realidad, inmiscuyéndose, e interpretando un papel importante, un papel protagonista en la realidad de los otros, de sus clientes. Alrededor del personaje de la enfermera gira toda la trama, mientras el resto de sus compañeros saben que su trabajo en Alps es temporal, ella necesita de la seguridad que le supone  el poder vivir otras vidas distintas a la suya, de la que huye.
A los actores, ya que no son otra cosa los miembros de Alps, cada uno por motivos diferentes, les conviene la tranquilidad de saber que todo está escrito, qué han de hacer, qué han de decir, cómo deben reaccionar antes los que sufren su pérdidas, esos dolientes que precisan de repetir constantemente un último encuentro, una última conversación o discusión, para prolongar más allá de lo imaginable la vida de los que  ya no están.
El espectador llega a dudar de que los personajes que completan el universo particular de los integrantes de Alps sean reales, llegando a pensar que son clientes, que cualquier personaje que se cruce en la vida de estos cuatro actores de la muerte, es un doliente. De esa manera, los cuatro se pierden en una maraña de realidades e irrealidades que se balancean del mundo de los vivos, al de los muertos, hasta acabar confundiéndose.
La película de Lanthinos provoca, sin dudas, cierta incomodidad al espectador que asiste a una violencia contenida y en la que reconoce la cercanía del vacío existencial, tanto de los dolientes como de los sustitutos a quienes pagan. Alps es una canto a la fragilidad de la línea que separa la cordura de la locura pueblan la película de Lanthinos.


El suicidio como renuncia
La película del director británico Terence Davis (1945), The deep blue sea abrió la cuarta jornada del Festival de Cine de San Sebastián. Se trata de una adaptación de la obra de teatro homónima del escritor Terence Ratting, estrenada en 1952 que ya fue adaptada a cine en 1955 por Anatole Litvak. En la cinta de Litvak, la actriz Vivian Leingh era la responsable de dar vida a Hester, una joven londinense de clase alta, casada con un Juez del Tribunal Supremo y enamorada de un joven piloto de la RAF. Davis, para dar vida a la piedra angular de este triángulo amoroso, ha contado con la oscarizada Rachel Welsz, a quien acompañan Tom Hiddleston y Sinmon Russel Beale en los papeles de amante y marido respectivamente.

La Hester de Davis, contenida e inexpresiva, sucumbe a sus tendencias suicidas arrastrada por el sufrimiento que le supone un amor no correspondido como ella anhela. La película comienza con la lectura de una carta que Hester escribe a un desconocido, una carta de despedida, una confesión que ya adelanta los impulsos suicidas que padece la protagonista. Ella se encuentra en una habitación oscura y fría, la vemos a contraluz, de espaldas, con el rostro hacia la ventana, un plano sobrio y una cuidada y delicada fotografía que nos permiten ver a la protagonista en un féretro que ella misma cierra al correr las cortinas y ocultar su dolor de la sociedad londinense de los 50, opresiva y, al mismo tiempo, decadente, a quien ella misma había retado al abandonar a su marido por el joven piloto.

Dos suicidios, uno premonitorio del otro, que Davis narra apoyado en un Flashback  minutos después de iniciada la película. Con distintos saltos de tiempo, debidamente encadenados asistiremos  a la transformación dolorosa del amor, Hester que decide abandonar a su marido y la tranquilidad y el bienestar que este matrimonio le reportaba, abandona el coche con chofer para desplazarse en metro por Londres, siente la tentación de arrojarse a esas vías que, en otro momento sirvieron de refugio a los londinenses durante los bombarderos de la 2ª Guerra Mundial, observa atónita como su galán heroico en tiempos de guerra se convierte en un alcohólico frustrado e incapaz de cumplir sus expectativas. Una sucesión de momentos que terminan en la habitación del amor, en el féretro de Hester y en su necesidad de desaparecer antes que ha podido equivocarse y que sus renuncias por amor nunca valieron la pena.


Las sombras tenebrosas y el humor gótico de Burton.
Sombras tenebrosas (2012) la última película de Tim Burton, une de nuevo al tándem Johnny Depp – Tim Burton. Se trata de la versión cinematográfica de la serie de televisión que en los años sesenta creó y dirigió Dan Curtis. Sombras tenebrosas cuenta la historia de Barnabás Collins, un joven libertino y mujeriego, perteneciente a una familia influyente y de dinero, lleva una vida desenfrenada y disoluta hasta que conquista y rompe el corazón de Angelique Bouchard, interpretada por  Eva Green, una bruja que, despechada y celosa se venga de él convirtiéndolo en un vampiro y enterrándolo vivo.

Barnabás consigue volver, ni como vivo ni como muerto, doscientos años después. Regresa a su casa, a Collinwood Manor en el año 1972. Una ubicación temporal que permite a Burton contar con una banda sonora chispeante y atractiva que contrasta con el carácter gótico de los personajes, las localizaciones  y los decorados.

La convivencia entre Barnabas y su familia con  la matriarca, Michelle Pfeiffer al frente y la psiquiatra de ésta, Helena Bonhan Carter dará lugar a numerosas situaciones de humor, la pasión y el terror de la mano, los propondrán la nefasta relación entre Barnabas y Angelique, dispuesta a acabar con toda la familia de Barnabas si no consigue que éste se enamore de ella perdidamente. Una ambientación excepcional para una historia de vivos que conviven con muertos, de seres monstruosos que deben medirse con humanos, mucho más animales y peligrosos que los seres de la noche, como viene siendo habitual en Burton.



miércoles, 25 de abril de 2012

PENSAMIENTOS - Encontrar un banco donde no esperabas  

 o de cómo aprender de otro 

 

Acostumbrada a pasearme por mi colección de bancos, olvidé que, pese a que los míos sean de madera, arena, roca, musgo o hierro, no acaba ahí la lista de materiales en los que me reclino, de voces y de sonrisas también los hay.


Si ayer me atreví a asegurar que el viento es humano, hoy asumo que el tiempo no lo es. El tiempo no es humano, el tiempo es aire imposible de palpar, de modelar, de detener, de regresar, de evadir. El camino te ofrece bancos, o los ves o no. Y hay veces que los ves, pero incluso en esas ocasiones no siempre somos capaces de escuchar su invitación a sentarte, a detenerte, a escucharte, a mirar mirándote, de dentro hacia fuera y vuelta a empezar.


Me gusta escabullirme a mis silencios, sustraerme de la realidad del resto para ir a mi encuentro, para disfrutar de ese instante en el que mis ojos se enfrentan conmigo, mi pensamiento reposa y ella habla, respira, sonríe. Sin miedos, sin prisa, sin reparos, sin dudas, porque no existe nada que la obligue y me obligue a mirar fuera.

Pero los vestidos, y las horas, y las uñas, son expertos en alejarte de esos encuentros fugaces. Yo me he visto retirada de las ínsulas de mis sueños y no me he dado cuenta. Creí que con el recuerdo de mi olor, mi piel, mi boca, era suficiente. Caminé por sendas ajenas a mi rumbo, convencida de seguir mis estrellas y no otras. Y en una curva, imprevista y fría me topé con un lobo, sí, eso decía su sombra. Contra todo pronóstico, esas pisadas mudas, la mirada cetrina y el respirar oscuro frenaron mi paso.


Y yo miré a aquella bestia como si nada tuviera que ver conmigo. Como si aquel caminar pudiese rozar mis piernas como la avena a la hierba, No permití a mis caderas estremecerse con el collar de su pelo, no quise sentir la humedad de su hocico en mi cintura ni se inclinó mi pechó para facilitar su aullido. Arriba, sobre nosotros, temblaban las estrellas.


Lo malo de escucharse mucho es que se llega a un punto en que no sabes a quién oyes, si es que escuchas, porque el eco de tus palabras, es sólo un reverberar sin sentido. Arriba siguen tintineando las estrellas.


El lobo me ofreció un banco en su lomo, y yo, acostumbrada a la madera, a la piedra, al musgo y al lomo, no fui capaz de recordar que el tiempo no es humano. En su fluidez, el tiempo es indeleble e inamovible, de futuro incierto e impredecible y presente tan fugaz como constante. Así, pudiendo aceptar el pulso de esa bestia en su espalda inclinada, entretuve mis ojos de su pelaje a la aurora, esperando que la luz me sorprendiera en aquella danza de espejos extraños y sordos.


Me despertó su aullido, cansado, de lejos. Sin rubor, con las piernas desnudas, las cadera libres y la cintura seca palpaba a mi alrededor buscando el banco pero solo había restos de madera, piedras, hierros y musgo. Quisé recuperar en mis oídos los restos de su aliento pero no era ese el hueco que se abría ante mis pasos. No buscaba al lobo ni a los bailes que nunca llegaron, La ausencia no era la suya, esa desazón que yo sentía me obigaba a husmear pero era incapaz de seguir el rastro.


Hace unas horas he desnudado mis piernas y calzado mis pies, he sujetado mis crines, tomado aliento y he marchado, con paso fuerte, melódico y constante, hacia el frente. El aire, las piedras, el mar, la sed, el sudor, el tesón y la sal, sin sombras. Por un instante he llegado a ese momento en el que sabes que estas, que eres, que sientes. A ese pequeño hueco en el que se refugia el alma. Me he detenido, sin pensarlo, me he sorprendido sonriendo y mirando al horizonte sin ver más allá, y he comprendido que aquel animal no vino a enseñarme sus ojos, ni su pelo, ni su caminar silencioso y seguro. Esa criatura debía recordarme el lugar de donde vengo, distraerme de ese afuera para que mirase dentro.


Esta tarde, recostada en ese banco de aire, he dejado que el mar me mirara, que no sonara y que escuchara y he comprendido lo imprescindible de dejarse enseñar por quien cree estar aprendiendo de ti, por quien te recuerda que existe lo sublime en cada segundo en el que somos capaces de detenernos en nuestra propia existencia. Alli me encontraba yo, a solas, adormecida entre mi voz y el silencio. He entendido la fuga de sus pasos, el celo de su tiempo, la paz de su desvelo.

En el camino hay  ángeles y demonios, sí, pero también hay lobos, y ogros, y águilas y hermosos caballos, cualquier estado del alma es el apropiado para ayudarnos a recordar quiénes somos. No importa si ese animal agresivo y dulce baila contigo o no, si está es en el camino, se se te permite rodearlo con tu cintura es para que no olvides el pulso de tus piernas ni de tus caderas, porque allí arriba esperan las estrellas.